Casona Loyola


Casa quinta “Villa Muyurina”
 
Este es un artículo escrito por el periodico Opinión de Cochabamba sobre la Casona Loyola donde actualmente funcionan las instalaciones del Centro Cuarto Intermedio.
 
Una Casona llena de historia y una arquitectura singular.
 
Una riqueza invaluable. Pocas veces una casa de campo tuvo la posibilidad de contar con un legado tan valioso. Nueve generaciones se cobijaron entre sus paredes y crearon su propia historia.


Un 22 de septiembre de 1910 lo más selecto de la sociedad cochabambina se reunía en la Casa quinta “Villa Muyurina” para disfrutar de un banquete en homenaje al centenario de la creación de Cochabamba. Una cena ofrecida por la señora Mercedes Tórrez y su esposo Ramón Rivero, quien era diputado, munícipe y presidente del Honorable Concejo Municipal.

Los carruajes llegaban con las damas almidonadas y los varones con su atuendo de gala. En esta oportunidad la familia no escatimó en recursos ni en productos para ofrecer lo mejor de lo mejor.

La invitación para dicho evento ya ofrecía el menú que se iba a degustar. Se eligió un menú francés, donde el toque particular lo ponían los vinos y licores “Muyurina”, los mismos que eran producidos en esta casa campestre.

Los invitados disfrutaron de una tarde de paseo fuera de la ciudad, en la cual los anfitriones de la casona se lucieron en atenciones y la celebración quedó escrita en los anales de la historia departamental.

 

 


TRADICIÓN E HISTORIA

Actualmente, la zona de la Muyurina ostenta una de las casonas más antiguas y además una de las más productivas de su época en esta ciudad.

Se trata de la Casa quinta “Villa Muyurina”, ubicada hacia el sur del Jardín Botánico al pie del cerro San Pedro. Una casona que fue heredada de madre a hija por nueve generaciones.

Cada una de ellas creó su propio modo de producción; siempre intentaron mantener la estructura original, donde forjaron sus propios recuerdos y su forma de vida.

En el diseño arquitectónico de la quinta se puede identificar dos periodos importantes, uno colonial y otro republicano. Esto se puede deber a que en determinado momento, las familias le iban agregando nuevos espacios, particularmente para la producción agrícola e industrial.

Esta construcción de adobe, de espectaculares dimensiones, tanto en altura como en longitud, refleja una hacienda ejemplar en la época en la que la ciudad apenas se denominaba Villa de Oropesa.

Los muros de la casona son de adobe, con un grosor de 80 centímetros; los cuartos tienen más de cuatro metros de largo y dos metros y medio de alto. En la edificación original el techo, estaba construido con un tumbado de tela blanca, que cubría la cañahueca cruzada y amarrada con cuerdas de cuero de oveja; en la parte externa se observaba las tejas musleras, que ahora han sido cambiadas por unas más modernas.

La construcción de la Casa quinta tenía forma de “L”, de dos niveles, con una amplia y espectacular vista de la zona, caracterizada por la actividad agrícola. Con un área para la crianza de animales, tanto de granja como de producción lechera.

 


EL ORIGEN DE LA CASA QUINTA

De acuerdo a la documentación demostrada por el doctor José Urquidi Palomo en 1542, el primer habitante español que llegó a estos valles fue Garci Ruiz de Orellana, quien estableció sus chacras en la actual zona de “Viña Muyurina”, la cual era denominada en esos tiempos “Algarrobal”.

Pasaron los años y quién diría que hace unos 300 años Cochabamba era una ciudad donde apenas se podía atisbar algunas calles de tierra, con las casas esparcidas y cuyo límite apenas rondaba unas 10 cuadras a la redonda de la plaza principal 14 de Septiembre o Plaza de Armas como era conocida antes.

Las calles eran transitadas por mestizos, criollos e indios que tenían un modo de vida muy diferente a la que vivimos hoy en día. El diccionario geográfico del departamento de Cochabamba de Federico Blanco señala que en las faldas del cerro San Pedro se encontraban los suburbios de la ciudad llamados “Cuadras” y la comarca de la Muyurina, caracterizada por sus preciosas casas, quinta y sus valiosas y productivas huertas.

Las familias acomodadas de la ciudad tenían la posibilidad de viajar a sus haciendas para recrearse durante sus vacaciones o días de fiesta: para trabajar durante la temporada de siembra y cosecha.

Una de ellas es la Casa quinta “Villa Muyurina” cuya secuencia de herederos y propietarios comienza con Jhoseph de la Granda , posteriormente su hija María del Carmen se casa con Julián Quiroga, con quien tiene una hija, María del Carmen Quiroga de la Granda, que contrajo matrimonio con Mariano Enrique Moscoso.

De esta unión nació María de las Nieves Moscoso, quien contrae nupcias con Juan de la Cruz Tórrez; entre su vasta descendencia se encuentra María Mercedes Tórrez Moscoso quien se casó con don Ramón Rivero.

Éstos últimos tienen 12 vástagos, entre ellos Olga Rivero Tórrez que formó una familia con Ernesto Daza Ondarza, de donde vienen los actuales herederos Ramón Justino y Ernesto Daza Rivero, los que aun habitan la casona y disfrutan de la compañía de sus hijos y nietos.


ÉPOCA DE ORO

Se sabe que esta casa quinta era una de las haciendas más productivas de la zona de la Muyurina; puesto que además de casa de campo, tenía una amplia producción de agricultura y fábricas de conservas de jugos naturales; de envases; de vinos y licores. Además de una carpintería, herrería, molino para granos, ganadería y floricultura.

De acuerdo al relato de uno de los últimos herederos de la casa, Ernesto Daza Rivero, la casa quinta tenía 22 hectáreas de terreno cultivable; un mundo de producción, donde él y su familia disfrutaban plenamente.

Estos fueron los primeros herederos que asumieron la casa de campo como vivienda o residencia.


“Era un mundo mágico, donde todo confabulaba y se podía disfrutar de la belleza de la casa de mis abuelos”, recuerda con nostalgia Ernesto Daza Rivero.

La familia también contaba con amplias extensiones de viñedos, con los cuales se producía el mejor vino de la región, una bebida que era la más tradicional y de consumo masivo en esta región, especialmente en las fiestas de fin de año.

“Antes solo se conocía de los vinos y licores Muyurina, pues no habían otros productos de importación y casi era una tradición recibirlos como regalo navideño”, añade.

La fábrica de vinos dejó de funcionar el 2002, cuando la producción de uva decayó en la región y adquirir la fruta de otros lados encarecía la producción.

 

 


CAMBIOS EN LA CASA QUINTA

Hace varios años que la congregación jesuita adquirió una parte de la casa Muyurina y hubo un periodo en el cual dicha estructura funcionaba como internado; posteriormente, hace 14 años, los nuevos propietarios designaron ese sector de la casona para que funcione las oficinas de la revista “Cuarto Intermedio”.

Al ingresar al patio central de la casona se puede observar como un poco de la historia de este lugar. Una fotografía antigua y otras más singulares se encuentran allí, donde se puede ver el desarrollo arquitectónico del sector, donde se observan las edificaciones nuevas junto a las antiguas.

También se observan las remodelaciones que se efectuaron en el lugar; pero, -lo rescatable-, es que se trató de respetar la arquitectura original.

Los ambientes interiores, orientan al visitante hacia una forma de vida muy diferente a la actual, donde cada cuarto tenía su propia identidad y uso dentro del contexto familiar.  

En algunos salones hay chimeneas y grandes muebles de madera tallada, correspondientes a la época de su construcción.

En las habitaciones hay grandes cuadros decorativos, que no cuentan con ningún tipo de identificación. Otros objetos, como las gradas de piedra interior y las barandas de madera tallada se mantienen intactos al paso del tiempo. En algunos casos las paredes aún conservan el empapelado original de la casa, en el que tampoco se puede identificar el periodo al cual pertenecen.

La familia propietaria se encargó de compartir su vida cristiana con los vecinos; es así como la casa de campo contaba con una capilla. La misma que actualmente ya no existe.

El jardín aún conserva una amplia variedad de árboles y plantas y que tiene como centro de atención a un pino araucaria, el cual ha sido identificado como el más antiguo de esta ciudad, con casi 200 años de vida, cuyo tronco requiere a un promedio de ocho personas agarradas de las manos para dar la vuelta.
 
 

Published on  18.09.2014